Foto realizada en el parque natural de Urkiola, muy cerca de Durango, en uno de los muchos senderos que podemos encontrar allí.

Dejamos el coche en el aparcamiento del puerto, y comenzamos la ascensión. Dejando atrás el santuario de Urkiola, dedicado a los santos Antonios (Abad el uno, de Padua el otro) seguimos subiendo hasta llegar finalmente al Urkiolagirre, la cima.

La ascensión presenta un desnivel de unos 300 metros y una pendiente de entre el 20% y el 30%. El aparcamiento se encuentra a 700 metros de altitud, y llegamos al Urkiolagirre, con sus 1008 metros de altura.

Durante el recorrido nos topamos con caballos y vacas que nos observaban, e incluso nos acompañaron en algunos tramos de la excursión. Al llegar arriba pudimos contemplar una panorámica fantástica. Disfrutar de esa vista es una buena recompensa del esfuerzo realizado.

La montaña es uno de esos lugares fascinantes que atrae a muchas personas: a los que les gusta el senderismo, el montañismo, el alpinismo, o simplemente a quienes, sin mayores pretensiones, les gusta acercarse para poder respirar aire puro, estar cerca de la naturaleza o dar un paseo.

La distancia focal de 140mm de esta fotografía permite apreciar la profundidad del paisaje. Para mí es importante poner un objeto que dé referencia al resto de la imagen, especialmente cuando estás en medio de una naturaleza de proporciones inmensas. De no hacerlo así veríamos una foto más plana, sin captar la verdadera magnitud.

La persona que con paso firme hacía un momento había pasado por nuestro lado, se va empequeñeciendo a medida que se va acercando a la grandeza de la montaña que aparece delante con toda su enormidad.

Las montañas y los montes en la Biblia han sido un lugar para acercarse a Dios. En el Antiguo Testamento eran el punto donde se construían altares para adorar a Dios. En el Nuevo Testamento, en los evangelios, nos aparecen el del llamado sermón del monte, el monte de la transfiguración, el monte de los olivos…

Pero para estar más cerca de Dios no hace falta subir al monte. En vez de conquistar la cumbre, basta con postrarse de rodillas, en el suelo, elevando simplemente una oración sincera.

No se trata de hacer grandes proezas, ni de conquistar o vencer, ni de ser autosuficientes o independientes. De hecho, cuanto más te acercas a la montaña te das cuenta de tu pequeñez, de tus limitaciones. Cuando te vas acercando a Dios ocurre algo parecido: tu figura, tu concepto de ti mismo, va disminuyendo, va empequeñeciendo, y eres más consciente de qué eres.

Quizá te verás impulsado a clamar como el rey David en el segundo libro de Samuel (7:18): «Luego el rey David se presentó ante el Señor y dijo: «Señor y Dios, ¿quién soy yo y qué es mi familia para que me hayas hecho llegar tan lejos?»

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